10 ene. 2009

El dolor que nunca pasa

A finales de diciembre del 2008, el prof. Marcos Sorrentino envío a la lista de discusión G-IDEA un texto de Marina Silva que hacía referencia a las inundaciones sufridas en el estado de Santa Catarina en Brasil. El texto me pareció tan extraordinario que se me ocurrió que era necesario tener una traducción al castellano para enviarlo a las redes de aquí en Venezuela y otras partes, donde algunas personas pudiera costarle leer el original en portugués. Traté de conseguir alguna traducción del mismo en internet sin éxito. Por lo que se me ocurrió el atrevimiento de intentar hacer yo mismo la traducción.

Así que con un poco de paciencia, diccionarios y una pequeña ayuda de mis amig@s traté de interpretar las poderosas palabras de Marina al español. Así mismo incluí unas pocas notas para contextualizar el texto para los que no conozcan la geografía brasileña.

Un abrazo y lo mejor para el nuevo año,

Alejandro

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En el año de 1970 cuando abrían la carretera BR-364 en Acre, ésta atravesó por el medio del Seringal Bagaço, donde yo vivía con mi familia. A la deforestación le siguió una violenta e incontrolada epidemia de sarampión y malaria.

Había gente enferma y muriendo en casi todas las casas. Perdí un primo y a mi tío que era una de las personas más importantes de mi infancia. Murió mi hermana de dos años y quince días después una hermana de seis meses. Seis meses después murió mi madre. Todo era avasallador, atemorizante. Un dolor enorme, extremo, que nunca acabó. Para superarlo, tuvimos que reconstruir prácticamente el sentido entero del mundo. Aceptar lo inaceptable y cargarlo para siempre dentro de nosotros. Ir de frente, enfrentar la dureza de lo cotidiano, sobrevivir, cuidar de los otros. Vivir en fin, y dar mucho valor a la vida y a las personas.

En 1985, ocurrió una de las mayores inundaciones del Río Acre en Rio Branco, para ese entonces yo vivía en el barrio de Cidade Nova, en la periferia de la ciudad, en una pequeña casa, de donde que tuvimos que salir a toda prisa, llevando sólo lo que nos fue posible cargar en una canoa. El resto se lo llevó las aguas, incluyendo el único retrato que teníamos de nuestra madre.

Pienso ahora en todo eso y creo entender lo que sienten los catarinenses, pero aún estoy lejos de alcanzar el terrible significado de una pérdida tan total e instantánea como lo que ellos sufrieron.


La oscuridad, las laderas del moro deslizándose, destruyendo todo, la búsqueda desesperada de los hijos, la impotencia. Y, luego, descubrirse en medio del caos: Se perdió la casa, se fueron las personas amadas y el lugar en el mundo. No hay más nada, sólo la vida física y la fuerza del espíritu.

Mis hijos andan por la casa con todo el vigor y belleza de la juventud, y no me es posible imaginarme como sería, que en sólo un momento, verlos devorados por la tierra, debajo de toneladas de escombros o mutilados para toda la vida. Es algo terrible más allá de la imaginación. Hiere tu propia tu propia alma de manera tan profunda que no llega a ser posible entender la profunda tristeza de quienes enfrentan esa realidad.

En el Londres de 1624, en la catedral de San Pablo, donde el poeta John Donne era deán, las campanas tocaban casi sin interrupción anunciando las miles de muertes causadas por la peste. Afligido por una enfermedad (que llegó a ser confundida con la peste) escribió una de sus textos más conocidos, la Meditación XVII: "Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo. Cada hombre es un fragmento del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, tanto si fuera un promontorio, como si fuera la casa de uno de tus amigos o la tuya propia: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy unido a toda la humanidad, por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti."

Actualmente, en el mundo las campanas doblan por todos nosotros y para que despertemos. Los grandes desastres se pueden convertir en acontecimientos cotidianos. No se puede afirmar perentoriamente que la tragedia de Santa Catarina haya sido causada por los cambios climáticos identificados por el IPCC, o Panel Internacional de Cambio Climático de la ONU. Pero se parece mucho a los posibles impactos previstos en el clima del sur del Brasil antes del final del siglo XXI.

La naturaleza, con una pedagogía siniestra, parece querer ejemplificarnos lo que significan esos fenómenos extremos que, en varias regiones del planeta, tenderán a provocar períodos de sequías más severos y en otros precipitaciones intensas.

Las acciones de mitigación necesarias y las adaptaciones para enfrentar estos efectos y reducir nuestra vulnerabilidad ante ellos, aún son precarias y están atrasadas. Los países ricos, poseedores de recursos, conocimientos y tecnologías, ya han avanzado en medidas para protegerse. Las peores consecuencias recaerán sobre los países pobres o sin desarrollo. La urgencia se explica a si misma. No es un científico quién lo dice, ni aparece en un libro. Es la naturaleza, cuyos avisos y alertas han sido insensatamente ignorados.

El Brasil que ayer lanzó su Plan Nacional de Cambio Climático, no puede dejar de hacer su parte, aún sin los medios disponibles en los países ricos. Lo acontecido en Santa Catarina es un síntoma que debe ser seguido por un esfuerzo de grandes proporciones, que se inicie inmediatamente, para evitar que se repita.

Es preciso que cada uno de nosotros, autoridades públicas, empresas y ciudadanos, pensemos en los muertos, en las familias enteras enterradas, en las vidas destrozadas bajo el barro, antes de seguir siendo tolerantes con la ocupación de las laderas de las montañas, la destrucción de los bosques ribereños, con la densificación de la población en áreas de riesgo, con los cambios de conveniencia en las legislaciones. No hay más espacio para postergar la solución de los problemas ambientales o dejar para “el próximo” el peso de tomar medidas antipáticas. Tienen que acabar las omisiones que truncan vidas humanas, incluso a pesar de la incomprensión.

En los tiempos actuales, existe un componente adicional en la agenda ética: No dejarse corromper por las presiones para ignorar la protección ambiental y las medidas de precaución exigidas por la intensificación de los fenómenos naturales. Quién detente algún tipo de cargo de representación pública debe convencerse de que es preciso transformar de manera profunda, rápida y estructural los usos y costumbres, de tal manera de preparar al país para un futuro con serios desafíos ambientales. Cada vez más, no es una cuestión de errar, corregir el error y aprender de ello. Ahora la palabra clave es prevenir el error, para que no se repitan las miradas perdidas, los rostros vacíos, el llanto inconsolable, la desesperanza y las muertes que vimos en los últimos días en Santa Catarina.

Marina Silva es profesora de historia de secundaria, senadora del PT por Acre y ex-ministra del Medio Ambiente.

Notas del traductor:

Acre es un Estado de Brasil en la región nororiental de Brasil en la frontera con Perú y Bolivia

Seringal es un bosque dominado por el árbol del caucho natural (Hevia brasiliensis)

La situación que se refiere la autora son las inundaciones sufridas por la ciudad de Blumenau (estado de Santa Catarina) ocurridas el pasado mes de noviembre y consideradas las peores sufridas en la ciudad.

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