23 nov. 2016

La sociedad civil de Venezuela realizará un taller de trabajo para actuar contra el cambio climático





La Coalición Clima21, la Red Ara y la Fundación Tierra Viva, en conjunto con el Grupo Social Cesap,  con el apoyo de Civilis DDHH, se han unido para articular y fortalecer a la sociedad civil venezolana de tal manera de  actuar de manera eficaz frente a los desafíos derivados del cambio climático y sus efectos sobre los derechos humanos.

Por ello llevaremos a cabo el 1er Taller de trabajo: “La Sociedad Civil Venezolana Frente al Reto del Cambio Climático”, el cual tendrá lugar el día 29 de noviembre próximos.

El objetivo de este espacio de trabajo es establecer de manera consensuada las bases para un plan de trabajo de las organizaciones de la sociedad civil de Venezuela en relación con el cambio climático.

Durante el mismo, esperamos identificar acciones prioritarias para trabajar los temas del cambio climático desde la sociedad civil, así como establecer propuestas para una agenda climática de la sociedad civil venezolana. Adicionalmente el taller  espera definir estrategias para facilitar la comunicación  y colaboración de la sociedad civil en materia de cambio climático.

Este evento es el primero que espera realizarse para promover y apoyar desde la sociedad civil de Venezuela el cumplimiento del Acuerdo de París, el Objetivo 13 sobre acción climática de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles de las Naciones Unidas y los objetivos climáticos del Plan Nacional de Derechos Humanos. Asimismo, el mismo se realiza en seguimiento a los acuerdos y compromisos alcanzados en el Seminario Regional sobre el Cambio Climático para las Organizaciones de la Sociedad Civil de Latinoamérica, promovido por la Unión Europea, el cual fue realizado el pasado mes de septiembre.

Por razones presupuestarias el Taller tiene cupos limitados, por lo que no está abierto al público en general. En función de esa limitación se realizará el mayor esfuerzo por hacer la más amplia divulgación de sus resultados.

Contacto: Alejandro Álvarez Iragorry  coalición.clima21@gmail.com
Twitter: @clima21_VE



12 oct. 2016

¿Resistencia indígena?



Indígenas pemones protestando en la
pista aérea en la Gran Sabana

Sí. La que están realizando los pueblos indígenas de Guayana contra el horror de la minería ilegal, con su carga de contaminación, enfermedad, destrucción y explotación humana, y asimismo contra el peligro creciente del arco minero del Orinoco que es la peor amenaza contra su propia existencia como pueblos y como cultura.

Resistencia, la de los pueblos de la Sierra de Perijá contra las minas de carbón, la codicia criminal de los ganaderos y la de la narcoguerrilla. La de los pueblos de Amazonas contra la minería ilegal y la invasión de sus territorios por parte de la guerrilla colombiana. La del pueblo wayuu contra el permanente estado de ocupación militar de todo su territorio, contra el hambre y la indiferencia. La del pueblo warao contra la miseria y el abandono.

Resistencia es la de todos los pueblos indígenas por el reconocimiento de sus derechos constitucionales hoy pisoteados, contra la pobreza, la enfermedad, la violencia y la destrucción de sus culturas.

Si, más que nunca los indígenas de Venezuela están en una lucha por su supervivencia. Es un día importante para recordar eso.

El tema de hoy no es la invasión que ocurrió hace 500 años, sino la resistencia contra la destrucción masiva de su derecho a la existencia y a decidir sobre su vida de manera autónoma. Es al final también una lucha por la dignidad, la libertad y la justicia, es decir por la democracia. Y esa es la lucha de todos, por ello la resistencia indígena es también nuestra lucha por nuestro país, es nuestra resistencia.


Una versión prelimimar de este escrito lo publiqué en mi cuenta de Facebook

5 oct. 2016

Dudamel in the jungle



Imagen del fondo (detrás de Dudamel) "La Jungla" Wilfredo Lam 1943


Recientemente, el director de orquesta Gustavo Dudamel en un polémico discurso realizado en la Casa Blanca de los Estados Unidos, narró que su mentor, el maestro José Antonio Abreu, dijo “que el peor crimen cometido en el mundo moderno ha sido quitar a los niños el acceso a la belleza y a la inspiración”.

No estoy para nada seguro que esa afirmación sea del todo cierta. Así que me toca el difícil trance de rebatir o al menos polemizar con un maestro mundialmente respetado.

La idea atribuida al Maestro Abreu presupone que los niños de algún tiempo pasado tuvieron mayor acceso a la belleza y a la inspiración que los niños de hoy en día ¿Es esto cierto?

Asimismo, habría que preguntarse: cuantos niños, cuáles de ellos, o en qué partes del mundo tuvieron, en algún pasado, la posibilidad de disfrutar de esos dones.

Estoy seguro que en muchísimos lugares y situaciones la mayor parte de los niños, jóvenes e inclusive adultos, en tiempos anteriores a la actualidad no tuvieron esa posibilidad. Que los que tenían aptitudes artísticas tuvieron que luchar de manera muy dura contra los prejuicios, las presiones sociales e incluso en algunos casos contra la violencia para lograr expresar su sensibilidad y creatividad, incluso simplemente para tener acceso al disfrute del arte y la cultura.

No es que las cosas en esta época estén como para montar una fiesta. Pero estoy seguro que en este momento muchos más niños y jóvenes tienen acceso a información y vivencias artísticas que lo que jamás tuvieron sus antecesores. Que además, hemos logrado un nivel de respeto por nuestros hijos suficientemente alto como para que en muchos casos alentemos y no cercenemos sus intenciones de hacer o disfrutar del arte y la creatividad.

Pero por otra parte, si estoy seguro, y eso si es posible de demostrar, que se está cometiendo a escala global un verdadero crimen contra nuestros niños: despojar a la gran mayoría de ellos de tener contacto e interacción real con la naturaleza.

Sufrimos un déficit de naturaleza.

A medida que la población del mundo se hace cada vez más urbana, disminuye de manera dramática la posibilidad de que la población que vive en las ciudades, y principalmente los niños, tengan experiencias de primera mano con elementos de la naturaleza: sean animales silvestres, plantas u otros fenómenos de la naturaleza.

Sólo, a manera de ejemplo, piensen cuantos de los chicos de hoy en día tienen la posibilidad de subirse a un árbol para comerse una fruta arrancada directamente de sus ramas.

Y esa situación parece estar teniendo consecuencias nocivas en los habitantes de las ciudades, y principalmente en los miembros más jóvenes de la sociedad.

Un importante número de médicos, psicólogos y educadores en todo el mundo están asociando padecimientos cada vez más comunes en las grandes ciudades, tales como: la depresión juvenil e infantil, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la apatía juvenil, así como problemas emocionales, físicos y de comportamiento, con este “déficit de naturaleza”.

Incluso, algunos estudios han correlacionado el aumento de la criminalidad en zonas urbanas con la disminución de áreas verdes en los mismos.

Como consecuencia posible de esta situación, nuestros niños responden sumergiéndose cada vez más en los paraísos y placeres virtuales del mundo digital y la narcodependencia, así como en el vacío existencial y la falta de conexión con la vida que lleva a la violencia.

La solución a este problema es fácil y a la vez difícil. 

Se necesita reverdecer nuestras ciudades. Llenarlas de parques, jardines, calles arboladas.

También hay que reverdecer la educación y sacarla de las aulas y volver a mirar y admirar la naturaleza como lo hicieron muchos educadores venezolanos en los años 50, 60 y 70 del siglo pasado.

Pero también hay que aprender a vivir y convivir en armonía y paz con nuestro ambiente. Para ello hay que reconsiderar nuestros patrones actuales de vida que nos convierte en los robots alienados y altamente vulnerables que somos los habitantes de los entornos cada vez más artificiales de nuestras ciudades

Más aún, si queremos enfrentar el cambio climático debemos evolucionar hacia un nuevo paradigma ambiental a partir de ciudades y personas abiertas a la naturaleza.

Pero esas soluciones, muchas de ellas sencillas, enfrentan una gran cantidad de enemigos que hacen el camino difícil.

Estos personajes, muchos de ellos ecofóbicos, incluyen al funcionario público que dice: “primero hay que resolver los problemas sociales”, como si la mejora de la calidad de vida y la salud ambiental no fuesen temas sociales. Les siguen los que miran la tierra sólo en términos de metros de construcción y kilómetros de pavimento, luego los adoradores del dios-carro, y los gobernantes que nos prefieren encerrados en nuestras casas, entre otros (no sé por qué cuando nombro esta gente me viene a la cabeza el nombre de un exministro).

Y allí no queda la cosa. Actualmente vivimos bajo amenazas mayores. Sobre nuestro país pareciera que ya marchan triunfantes los socios ambientales de los cuatro jinetes del Apocalipsis: "Destrucción", "Contaminación", "Extinción" y "Sed". Todos ellos listos para su Armagedón sobre los campos de Guayana en el llamado Arco Minero del Orinoco.

Al final, quizás necesitemos de un Dudamel que pregunte, no sobre si Venezuela podrá salvar su Sistema de Orquestas, que estoy seguro que sí, sino que interpele al país, su gobierno, políticos y sus ciudadanos si Venezuela podrá salvar a su naturaleza, para salvar a su gente.

21 jul. 2016

Unión, unión… A propósito del Arco Minero del Orinoco





“Somos en la hora presente un archipiélago: o sea, islas unidas por aquello que las separa”. Vladimir Maiakovski, poeta ruso.

¿Cómo unirnos para la defensa de nuestro “canon” histórico y de nuestros intereses nacionales, cuando pululan las circunstancias que nos conducen a la feroz discordia? 
Mario Briceño-Iragorry, historiador y ensayista venezolano.


Cada vez más personas en este país rechazan el Decreto de Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco.

Esa mayoría entiende que el mismo trae implícita la locura de destruir el 12% del territorio nacional, la reserva de agua del país, múltiples culturas indígenas y la posibilidad de un desarrollo armónico a partir de las riquezas de nuestra biodiversidad. Esto a cambio de la riqueza ilusoria y efímera surgida de extraer un puñado de oro, diamantes y otros minerales. Asimismo muchos repudian el intento de disimular las verdaderas intenciones de este proyecto usando un disfraz “ecosocialista”.

Frente a esta situación, se ha producido una enorme marejada de rechazo: En oposición al decreto se han divulgado comunicados, se han dado entrevistas en radio y televisión y se han publicado decenas de artículos de  opinión. Asimismo han ocurrido reuniones de científicos, activistas ambientales, defensores de derechos humanos y actores políticos, todos ellos condenando la terrible intención de destrucción y muerte.

Esta amenaza ha generado un escenario político que parecía imposible hace unos pocos años: La aproximación, en las ideas, entre grupos, organizaciones y personas que aún están en orillas opuestas del abismo creado por la política de polarización que nos han impuesto en el país. Y no es que estos grupos estén renunciando a sus posiciones políticas, ni a sus desconfianzas y resentimientos mutuos, sino que parafraseando a Jorge Luis Borges, no los une el amor, sino el espanto.

Un elemento interesante de esta movilización de opinión es, que si revisamos todos los argumentos emitidos, nos pudiera quedar la idea de que, aparte de ciertos puntos de vista particulares, se utilizan premisas y considerandos tan similares que pueden parecer provenientes de un solo grupo de actores y no de una enorme diversidad política, profesional y sectorial.

Pero a pesar de la similitud en sus argumentos, en casi todos falta un aspecto fundamental: Que no hay propósito de unión, más allá de la condena unánime al decreto.

Como diría Cantinflas “allí está el detalle”. En estos grupos no parece existir la necesidad de actuar articulados alrededor del objetivo común de defender los derechos ambientales de los venezolanos.

Siguen presentes los mismos tropismos políticos que han destruido la unidad nacional y nos ha convertido en un archipiélago de islotes tropicales llenos de aves vociferantes, pero a la vez sordas a todo lo que venga de la isla de al lado. Aunque nos estén alertando del tsunami que nos destruirá a todos.

Así que volvemos a la vieja política del “chiripero”. No importa que Alí Primera haya intentado glorificar esa acción en uno de sus cantos, pero el aislacionismo y el sectarismo han sido siempre errores políticos que han impedido el logro de avances sociales importantes.

Son tan fuertes estos hábitos de aislamiento y exclusión, que todos los intentos que han sido realizados para reunir a los principales grupos ambientales bajo la bandera común de la defensa del ambiente han sido respondidos con el silencio, el escepticismo o la suspicacia.

Dentro de este panorama de grupos blindados y mutuamente excluyentes, surgen los caudillos del ambientalismo radical. Ellos se colocan en la posición de jueces que invalidan, deslegitiman y condenan todo intento de actuar de manera distinta a sus dogmas personales.

Eso no quiere decir que no sea importante la discusión constructiva, pero no es lo mismo debatir sobre las mejores maneras para enfrentar un problema, que descalificar a priori cualquier postura distinta a la suya.

En particular, estas personalidades no perdonan ningún intento de moderación o de búsqueda de articular diferentes puntos de vista. Mucho menos parecen entender que para alcanzar objetivos mayores siempre será necesario sumar, dialogar y acercar posiciones de tal manera de  acumular las fuerzas necesarias para lograr avances efectivos, especialmente en situaciones difíciles. No entienden la diferencia entre hacer incidencia política y tirar piedras en las esquinas.

Mientras tanto, los enemigos del ambiente usan sin escrúpulos las armas de la más baja política. Así siguen avanzando en sus propósitos: logran contratos, reclutan profesionales para que les maquillen sus propósitos, seducen a otros gobiernos, blindan sus posiciones, crean ministerios y se hacen los sordos ante cualquier argumento que trate de impedir su propósito.

Únicamente un movimiento ambiental y de derechos humanos organizado, con objetivos claros de largo plazo, podrá hacer frente a esa embestida de lo peor del desarrollismo extractivista del país.

Sólo queda seguir diciendo como Bolívar: “¡Unión! ¡Unión! o la anarquía os devorará”.

Esta generación tiene frente a sí la posibilidad de que en un futuro sea conocida por haber logrado defender al país o, por el contrario, de haber permitido que un grupo pequeño de codiciosos delincuentes vendiera al país por treinta piezas de plata, o en este caso de oro.

La pelota está en el bando de los que creemos en un futuro para Venezuela más allá de  convertirse (otra vez) en espacio para el despojo y la destrucción.


7 jun. 2016

Un sueño para una joven llamada Caracas


"Mujer vegetal" Mario Abreu 1954




El siguiente texto fue el Discurso de Orden que presenté el pasado 6 de junio de 2016 en el Concejo Municipal del Municipio Bolivariano Libertador en ocasión de la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente y la entrega de los Premios y Reconocimientos Waraira Repano – Cerro El Ávila 2016.

 
Miembros del Concejo Municipal del Municipio Bolivariano Libertador
Representantes de la Alcaldía del Municipio Bolivariano Libertador
Representantes del Ministerio Poder Popular para el Ecosocialismo y Aguas, y demás Ministerios del Ejecutivo Nacional
Organizaciones y personas homenajeadas con el Premio y la Orden al Mérito Waraira Repano – Cerro El Ávila 2016
Miembros de organizaciones comunitarias, organizaciones no gubernamentales, y demás organizaciones de la sociedad civil
Representantes de los medios de comunicación
Señoras y señores.


Me siento particularmente honrado de que un día como hoy con tanta significación para mí, tenga la oportunidad de dirigirme a ustedes, en ocasión de la conmemoración del Día Mundial del Medio  Ambiente y la entrega de los Premios y Reconocimientos Waraira Repano – Cerro El Ávila 2016.

Es por ello, que quiero iniciar agradeciendo profundamente esta invitación que me hiciera el Concejo Municipal Bolivariano Libertador, a través de la Comisión Permanente de Ambiente y Turismo, y en función de la misma, aprovechar la oportunidad que me dan para hacer algunas reflexiones desde el ambientalismo sobre nuestra ciudad y el futuro que soñamos para ella. Y hago énfasis que las mismas surgirán desde el ambientalismo y el sueño. He sido calificado tanto de "ambientalista radical" como de “idealista perdido" y uno no puede andar decepcionando a sus críticos, tal como dice el maestro Gustavo Wilches Chaux.

Esta ocasión que aquí nos reúne, busca articular varios temas: La celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, a la ciudad de Caracas en conjunto con su montaña guardiana, así como el reconocimiento a un importante grupo de personas que trabajan por ese sueño que es el vivir en una ciudad que pueda evolucionar hasta lograr que su rasgo fundamental sea el respeto y cuidado por la vida, y todas las formas y manifestaciones de vida.

En la actualidad en Venezuela, es de enorme importancia reafirmar nuestro derecho a soñar con un futuro mejor. Frecuentemente, a los ambientalistas nos dicen que debemos ser más realistas y poner los pies sobre la tierra. Nos dicen igualmente, que con tantos problemas que existen en este momento ¿Quién se va estar preocupado por temas como el ambiente? Cuando oigo esos argumentos, recuerdo que hace un poco más de doscientos seis años, a unas pocas cuadras de aquí, en la esquina de Las Ibarras, uno de nuestros héroes civiles olvidados, Juan Germán Roscio, creó la Sociedad Patriótica, núcleo de las ideas independentistas y de libertad en Venezuela. Conceptos que en ese momento eran mucho más difíciles de concebir y practicar que de las que hablamos en este momento.

En este contexto, comencemos hablando del escenario donde es posible alcanzar nuestro sueño ambiental: la ciudad de Caracas.

No resulta fácil resumir casi cuatrocientos cincuenta años de historia de nuestra ciudad. Pero quizás, ella no sea tan vieja como pareciera debido a su edad cronológica. 

Si usamos la idea del escritor argentino Hernán Casciari de calcular el tiempo “humano” de un país dividiendo su edad entre 14, Caracas, pudiera imaginarse como una joven adulta de treinta y dos años: alegre, trabajadora y un poco mandona; madre adoptiva de seis chicos nacidos en el campo y bautizados como Petare, Baruta, Chacao, El Hatillo, Antímano y Macarao, los que ahora envuelve protectoramente en su regazo, aunque algunos de ellos a veces sean respondones y se den aires de superioridad aún inmerecida.

Pero en cualquier caso, vale la pena recorrer un poco la historia de nuestra joven Caracas.

Comencemos diciendo que la “ciudad de los techos rojos” fue construida en el espacio protegido entre la muralla formada por la montaña que los españoles llamaron “El Ávila” y los barrancos moldeados por los profundos cauces de los ríos Caroata y Catuche. Su territorio había sido reconocido desde antes de la llegada de los europeos como un sitio inmejorable: abundante agua, buenos suelos agrícolas, clima excelente y una localización geográfica privilegiada. A pesar de estas bendiciones, al principio, su crecimiento fue muy lento y por muchos años solo fue una diminuta isla en un mar de plantaciones de caña, café y algunos frutales.

Esta situación cambió, ya avanzado el siglo XX, cuando la ciudad comenzó a crecer y transformarse de manera vertiginosa, como un deslave que va devorando todo a su paso.

Cuando mi familia, como tantas familias venezolanas, se vino a Caracas en los años 60 del siglo pasado, ya la mayor parte de la transformación se había dado. La ciudad había abandonado su ropaje colonial y republicano por un vestido moderno y audaz diseñado por los mejores arquitectos del momento. También había crecido y engordado. Ya la ciudad ocupaba prácticamente todo el valle y empezaba a amenazar con derramarse hacia los espacios fuera de su territorio original. Así fue internándose en los altos mirandinos, las zonas altas de los municipios Baruta y El Hatillo, el corredor vial de la Autopista Regional del Centro y la vía hacia la ciudad de Guarenas. Ya para ese entonces, los pequeños pueblos agrícolas del valle habían prácticamente desaparecido.

La transformación fue inclemente. Se aplanaron cerros, se destruyeron bosques, las quebradas fueron convertidas en cloacas a cielo abierto y se escondieron de la vista del público; los espacios verdes remanentes se domesticaron en unos pocos metros de aceras y jardines, que en gran parte de la ciudad también fueron arrasados, sin que a la mayoría les hubiese preocupado su pérdida.

La bonanza petrolera reclamaba una capital grande, moderna y cosmopolita, sin importar el costo ambiental y humano de ese propósito.

Solo la conciencia y sabiduría de algunos venezolanos permitió proteger unos pocos espacios donde aún sobreviviera la espontaneidad vital de la naturaleza: El Parque Nacional El Ávila, actualmente renombrado como Waraira Repano; el Parque del Este (Francisco de Miranda); los parques Vicente Emilio Sojo, el Universal de la Paz y el Zoológico en Caricuao; el Parque del Oeste (Alí Primera); el Jardín Botánico de Caracas; la Zona Protectora de Caracas; así como un pequeño número de otros parques y espacios verdes diseminados por la ciudad. Todos ellos se hicieron rápidamente insuficientes, para las necesidades de la población y su derecho a disfrutar de la naturaleza, y sólo sirvieron para hacer un ínfimo contraste verde contra extensas zonas sin parques, sin árboles, casi sin vida: sólo dominio para el cemento y el asfalto.

La ciudad en crecimiento necesitó de servicios y suministros cada vez mayores, y al destruir sus propios recursos necesitó importar agua, energía y alimentos así como librarse de sus desechos. Ello generó el despojo y destrucción de una gran ecoregión, la cual incluye el norte del estado Guárico, los altos mirandinos, los valles del Tuy y gran parte de la región de Barlovento, entre otros espacios territoriales.

La ciudad rica se daba el lujo de crecer a expensas de la degradación y explotación de sus vecinos.

En paralelo con el desarrollo urbanístico autorizado, surgió la ciudad informal. Así los cerros menos apetecidos por los empresarios de la tierra, fueron colonizados por millares de personas que elaboraron un heterogéneo mosaico de viviendas construidas, a veces con materiales firmes, pero más frecuentemente con componentes precarios y en terrenos vulnerables. Así se construyeron asentamientos urbanos enormes, muchos sin agua, sin cloacas, sin recolección de desechos sólidos, sin parques y en permanente estado de riesgo de catástrofe. Constituyendo hasta hoy en día, una de las mayores situaciones de injusticia ambiental que existe en nuestra ciudad.

A lo largo de esta historia se hicieron algunos intentos de ordenar y “racionalizar” el crecimiento urbano a través de leyes y ordenanzas, y se realizaron algunos avances importantes en materia de suministro de agua, transporte y otros programas de desarrollo de infraestructura y servicios.

Estos propósitos, llenos de buenas intenciones, y en algunas ocasiones con éxito momentáneo, tuvieron a la larga poca eficacia o fueron insuficientes, producto de la falta de continuidad administrativa, la poca voluntad política y en particular por el poder del dinero sobre otras consideraciones. 

El último golpe a cualquier propósito de ordenamiento urbano, se lo asestó el nuevo avance de la ciudad, ahora hacia adentro, nacido de la idea de que “en Caracas cabe otra Caracas”. Planteamiento que, desde mi punto de vista personal, es irresponsable y perjudicial, al no ir acompañado de un plan urbano integral, coherente y consensuado que diera respuestas, no solo al derecho de los ciudadanos a un techo, sino que buscara la mejora real y sostenible de la calidad de vida de todos los habitantes de la ciudad,  incluyendo, por supuesto, de aquellos que están siendo beneficiados por las nuevas viviendas.

Así llegamos a la segunda década del siglo XXI, y tenemos una ciudad desordenada, con graves problemas de suministro de agua – incluso en años donde no hay “niños” a la vista – con sistemas de gestión de desechos ineficiente, con una de las tasas de área verde por persona más baja entre las ciudades de la región,  enormemente vulnerable a los efectos de los eventos climáticos extremos y sin casi ninguna previsión, ni preparación para enfrentar los efectos del cambio climático.

Pero quizás, el peor de los problemas de la ciudad sea su escasa gobernabilidad generada por la desarticulación institucional, la feudalización de territorios, la hostilidad política y la negación de todo intento de concebir y avanzar hacia una ciudad propicia para todos.

Adicionalmente, en esta época de múltiples crisis simultáneas, de policrisis la llamó el sociólogo y filósofo Edgar Morin, solemos creer que el problema central de la ciudad es sólo de tipo político. Pero esta es únicamente una fiebre pasajera, tal como muchas otras han ocurrido en toda su historia, algunas mucho peores que la actual. Los verdaderos problemas están en un nivel más profundo, son temas sociales, culturales y ambientales. Lo peor, en relación con el tema ambiental, lo pudiéramos describir parafraseando el célebre microcuento de Augusto Monterroso: “cuando despertemos, el dinosaurio ambiental todavía estará allí”… y quizás, agrego yo, hasta haya crecido.

Al final de esta historia, esta mujer que hemos llamado Caracas, ha llegado a la edad adulta con importantes problemas de salud ambiental, con dificultades para encaminarse hacia un proyecto de vida sostenible, vulnerable y amenazada por múltiples peligros. Nada fuera de lo común en la Venezuela actual.

Pero a pesar de todo ello, la ciudad aún está viva, llena de color y belleza. No solo por la magia de su cordillera que le hace una espléndida cortina verde a la ciudad, sino por los cientos de especies de aves que aún recorren los caminos de su cielo, así como por el verde de algunas urbanizaciones y pequeños rincones naturales que aún perviven a lo largo de la urbe. Pero más que todo, por el trabajo de miles de personas que en alcaldías, organizaciones ambientales, organizaciones vecinales y comunales luchan cada día por defender nuestro derecho a vivir y convivir en un ambiente sano, seguro y ecológicamente equilibrado como nos cuenta la Constitución.

Esas personas son los verdaderos héroes de la ciudad y como tales estamos obligados a premiarlos, reconocerlos, retribuir sus esfuerzos, pero en particular apoyar decididamente su trabajo. Hoy me honro en estar entre una excelente muestra de esos seres humanos imprescindibles para el futuro de la ciudad.

Ellos son el segundo de los componentes de este sueño del que hemos estado hablando y la clave para hacerlo realidad.

Me llama la atención que la mayoría de los homenajeados, y quizás esta sea la magia de este premio, militan en la causa de la educación y la comunicación ambiental.

Esto es un tema enormemente importante. Nelson Mandela nos dejó la idea de que “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Y así es: Los educadores ambientales queremos cambiar al mundo. Ya que pretendemos usar las herramientas educativas para avanzar hacia un mundo más responsable, consciente, solidario y justo. Pero ello no implica imponer ideas a la gente, por buenas que parezcan. El gran educador Paulo Freire decía que “Enseñar exige respeto a la autonomía del ser del educando”, por ello, la educación debe dirigirse no a la mera inculcación de conceptos y doctrinas, cuales quiera que sean, sino enseñar a cada persona, a pensar, a ser consciente y crítico; a entender su relación profunda con su ambiente y a ser capaz de participar activamente en la solución de los problemas que les toca enfrentar.

Dentro de estos propósitos, los educadores ambientales nos encontramos frente a un reto formidable: educar a toda la sociedad sobre la amenaza del cambio climático y las maneras de enfrentarlo. Ello no implica necesariamente enseñar ciencias ambientales, ni meteorología, sino ayudar a la gente a transitar el camino de la resiliencia, la creatividad, la solidaridad, la gestión de riesgos y la responsabilidad. 

Para ello, nosotros también tenemos que formarnos y romper con los paradigmas educativos que actualmente limitan la acción formativa. Tenemos que decir no a la educación basada en la mera transmisión de información. Sobre todo a la descontextualizada, sin pertinencia social, ni cultural, abstracta y sin contacto con la realidad y los problemas de la población. Necesitamos construir una educación viva, pertinente, contextualizada y eminentemente práctica.

Pero también para poder avanzar, es necesario que se fortalezca la educación ambiental en este país y en esta ciudad. Ello principalmende debido a que actualmente este campo de la educación pasa en Venezuela por un momento de mengua. Tal situación se debe principalmente a la falta de apoyo, la desinstitucionalización, la desvalorización del trabajo educativo y la falta de inversión en programas educativos apropiados y permanentes. 

Al fin de cuentas es un tema de prioridades. La joven premio Nobel de la Paz, Malala Yousafzai, en uno de sus discursos expresó, que: "Si se quiere acabar la guerra con otra guerra, nunca se alcanzará la paz. El dinero gastado en tanques, en armas y soldados se debe gastar en libros, lápices, escuelas y profesores" y yo agrego, con humildad, que también tenemos que invertir en apoyar a los educadores comunitarios, animadores sociales, comunicadores y cultores que quieran enseñar sobre cómo enfrentar los desafíos del cambio climático y la degradación ambiental.

Frente a retos tan grandes, en este momento soy optimista, al encontrarme frente a este grupo extraordinario de personas, que estoy seguro, que desde la gestión, la educación, la comunicación y el canto, seguirán persiguiendo el sueño de la Caracas sensible, preparada, resiliente, participativa y respetuosa de la vida en todas sus formas y manifestaciones. 

El Dalai Lama dijo que “El planeta no necesita más `gente exitosa´. El planeta necesita desesperadamente más constructores de paz, sanadores, restauradores, cuentacuentos y amantes de todo tipo”. Tenemos la dicha y fortuna de estar entre esa gente y que aquí se encuentren reunidos para ser homenajeados.

A todos ellos, muchas gracias en nombre de la gente de Caracas.




2 feb. 2016

Lo bueno, lo malo y lo feo de los conucos urbanos




Tomé el título prestado de la película de 1966 “El bueno, el malo y el feo” quizás el mejor exponente del subgénero del “spaghetti western”. Esperemos que nuestra historia de “conuqueo” urbano en Venezuela tenga mejor final que algunos de los contrincantes del duelo final de esta excelente producción cinematográfica.

Pero vayamos al grano. Recientemente el gobierno nacional decidió impulsar el uso del conuco urbano (entendiendo como conuco una pequeña parcela de tierra cultivada por un campesino pobre) como estrategia de producción agrícola en el contexto de una muy grave crisis de abastecimiento de alimentos, e incluso lo plantea como una forma de luchar contra el cambio climático.

Revisemos qué es lo bueno, lo malo y lo feo de esta propuesta.

Lo bueno
La agricultura urbana es una de las tendencias más importantes en los últimos años en la búsqueda de la sustentabilidad de las ciudades. Por ello, en muchos  países se están realizando proyectos de siembras en espacios que van desde terrenos en las periferias urbanas, hasta huertos en azoteas, balcones, pequeñas parcelas y superficies entre edificaciones y muchos otros lugares  en muy distintos sectores y situaciones.

Los beneficios resultantes de esta actividad son importantes: Impulsa la economía y el empleo productivo, produce alimentos con menores costos económicos y ambientales, promueve la diversificación de la dieta de los pobladores, apoya procesos de desarrollo local y mejora la calidad ambiental de las ciudades, a través de la revegetación de áreas degradadas por el crecimiento urbano, entre otros aspectos positivos.

Sobre esa ola, se han desarrollado propuestas interesantes en campos tan diferentes como la gastronomía “cero kilómetros” que promueve una cocina basada en la producción local; hasta formas de terapia para tratar males como el estrés y la depresión, en las cuales los pacientes trabajan la tierra para reencontrar su sentido de pertenencia y propósito.

Asimismo, gobiernos y  organizaciones ciudadanas han encontrado en esta actividad una forma de promover el emprendimiento, fortalecer  la participación y organización comunitaria, así como impulsar la inclusión y la ampliación de oportunidades de trabajo para grupos excluidos.

Otras propuestas apuntan al rescate de saberes ancestrales a través de la recuperación del cultivo de variedades de plantas  locales, incluyendo plantas medicinales. Actividad esta última, que si es realizada con sensatez y responsabilidad, ayuda a promover estilos de vida sanos y la valoración del conocimiento popular.

Más recientemente, aparece como un elemento en la lucha contra el cambio climático al aumentar la superficie vegetal en las ciudades.

Por otra parte, la agricultura urbana es una excelente actividad educativa. Un primer aspecto de esta conexión entre la educación y el cultivo en espacios urbanos, está relacionada con la formación de capacidades en la población tales como la auto-sustentación, la orientación hacia el trabajo productivo y el aprendizaje de hábitos ambientalmente positivos.

Asimismo, otra faceta de su utilidad educativa nace de la preocupación mundial por la reducción acelerada de las posibilidades de contacto con la naturaleza que sufren los habitantes de las grandes aglomeraciones urbanas.

Esa tendencia está teniendo consecuencias indeseables en los habitantes de las ciudades, y principalmente en los miembros más jóvenes de la sociedad. Entre los cuales se aceleran padecimientos tales como: la depresión juvenil e infantil, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), y la apatía juvenil, entre otros problemas. En estos casos. se ha propuesto el contacto con áreas verdes y seres vivos, incluyendo el desarrollo de proyectos agrícolas apropiados a su edad y circunstancias como forma de terapia de apoyo.

Queda claro que la agricultura urbana es una actividad muy positiva y debe ser impulsada y apoyada por toda la población.

Lo malo
Luego de enumerar tantas características positivas, hablar de las facetas negativas de esta actividad no es fácil. Pero en este caso sus problemas no nacen de la idea en sí, sino de la manera de implementarla. Esta actividad pierde valor cuando está asociada a concepciones simplistas, sectarias y al no estar fundamentada en planes técnicamente adecuados, socialmente aceptables y económicamente viables.

En tal sentido, una primera consideración, es que la agricultura urbana aunque puede ser un complemento de la producción agrícola de un país, no tiene la capacidad de generar los volúmenes de alimento necesarios para cubrir las necesidades de toda la población. Por ello, puede ser una ilusión peligrosa creer que su desarrollo puede solucionar, o incluso paliar, los graves problemas de abastecimiento de alimentos de la Venezuela actual.

Esto es más complejo en el caso de países como Venezuela con el 90% de su población viviendo en ciudades.

Una característica de las zonas urbanas es su desconexión con la producción agrícola la cual ocurre generalmente en zonas más o menos alejadas de las ciudades. Por ello, la mayor parte de la población en estos asentamientos humanos no tiene ni experiencia, ni conocimientos, ni actitudes para participar permanentemente en esta actividad.

En tal sentido, la agricultura urbana busca reconectar  los espacios distanciados de la ciudad y el campo, así como de las personas que los habitan. Pero no es esperable que esta sea una actividad masiva, ni mucho menos que tenga resultados inmediatos.

Por otra parte, la agricultura, más que otra actividad económica, es una cultura. Casi cualquier persona puede aprender técnicas básicas de cultivo e incluso participar activamente en estas labores, pero no  cualquiera puede ser agricultor.

Ser productor agrícola nace de una forma de pensar y actuar que es muy diferente a la que es común en las personas que habitamos en las grandes ciudades. En la agricultura se depende de los ciclos naturales y de factores ecológicos complejos. Por ello, el agricultor entiende su actividad como una secuencia de procesos circulares, condicionados por los cambios presentes en su entorno. Asimismo, el producto de su labor puede estar lejano en el tiempo (en una futura cosecha) y sujeto a la incertidumbre producida por factores no controlables tanto socioambientales (clima, plagas, eventos extremos, etc.) como socioeconómicos (costos, rentabilidad, etc.).

Igualmente, el que quiera dedicarse a esta actividad necesita de habilidades, conocimientos y valores que se aprenden, no de forma conceptual, sino a través del contacto diario con el trabajo de las personas que lo realizan.  Es decir, que no es posible generar agricultores por decreto.

Otro elemento a considerar, es que la actividad agrícola no está regida por doctrinas políticas. La misma, por supuesto, se verá influenciada por factores históricos, sociales y económicos que pueden promoverla u obstaculizarla. Pero ninguna ideología logra que las semillas germinen mejor, ni que las plantas produzcan más y mejores frutos. Esto es un asunto de conocimiento adecuado, insumos apropiados y suficientes, mucho trabajo, y algo de suerte.

Por ello, el intento actual del gobierno nacional de encajonar esta actividad dentro de un enfoque político sectario, será un obstáculo severo en su desarrollo. Como ha sido reiteradamente demostrado en Venezuela, ese empeño, más que contribuir con el mejoramiento de la sociedad y su seguridad alimentaria, generará más divisiones y tensiones en la población. Ello traerá como consecuencia la pérdida de la oportunidad de convocar a la sociedad y construir consensos alrededor del apoyo a una acción que pudiera beneficiar a muchas personas.

Un componente adicional desde el enfoque ideologizado de la agricultura, es el uso de terminologías como “conuco” para la actividad de cultivo y de “conuqueros” para quienes la practiquen. La idea de conuco está asociada en Venezuela, más allá de sus orígenes indígenas, a una historia de pobreza y exclusión .

En gran parte de nuestra historia, los campesinos sin tierras debieron recurrir a la práctica ancestral del conuqueo en terrenos marginales. Pero actualmente, la subsistencia de estas prácticas y sus ideas subyacentes, están asociados al mantenimiento del campesino en la mayor pobreza, vulnerabilidad y destrucción de su entorno, y a la negación a incorporar nuevos enfoques y técnicas que pueden hacer de esta labor más productiva y de menor impacto ambiental.

Finalmente, otra perspectiva que es necesario considerar, es que, como toda actividad económica que se desea promover, necesita de condiciones adecuadas, incluyendo financiamiento y acceso a materiales, equipos e insumos, incluyendo semillas, fertilizantes (naturales o no) y agua para riego. Y hasta este momento nadie parece haber respondido a la pregunta de cuál será la inversión que se realizará y de dónde provendrán los recursos económicos para impulsar y mantener un programa a escala nacional como el que se propone. Tal consideración económica no es  menor en este momento de la historia de Venezuela. Mi abuela hubiera dicho: ¿Con qué culo se sienta la cucaracha? O es que al final serán cambiados los Sukhois y otros armamentos por huertos urbanos, para hacer realidad el texto bíblico que profetiza que "...de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra"

Lo feo
En Venezuela estamos en una de las mayores crisis de abastecimiento de alimentos en la historia nacional. Tal situación está afectando de manera grave a toda la población, especialmente a la de menores recursos económicos, los cuales ven enormemente restringida su acceso a una dieta suficiente, sana y nutritiva.

Una de las causas centrales de esta situación es la dramática caída de la producción de alimento en el país en prácticamente todos los rubros.

Las razones para haber llegado a este momento son múltiples, e incluyen motivos económicos y climáticos, pero principalmente políticos: Una cadena de decisiones gubernamentales que destruyeron la capacidad nacional de producir alimento. Al final el objetivo de lograr la “soberanía y seguridad alimentaria” terminó en uno de los mayores fracasos o fraudes, como usted lo prefiera.

Y en esta situación dramática, la respuesta gubernamental  es la creación de un “Ministerio de Agricultura Urbana”, con su carga de burocracia, presupuestos, espacios, etc. cuya misión es la promoción de “conucos urbanos”

Se me escapa  la lógica detrás de esa propuesta de políticas públicas en este momento, pero quizás resulte de una desconexión profunda por parte de los que toman decisiones con la magnitud de nuestra crisis actual.

Algún día tendremos importantes programas de agricultura urbana y nuestras ciudades reverdecerán, pero ahora lo que tenemos es algo tan feo como un insulto lanzado desde las alturas de un poder enceguecido a un pueblo con hambre.

25 ene. 2016

Un acto de desagravio a la educación ambiental (en un fallido 26E)






En homenaje a la ONG Geografía Viva y a Pablo Kaplún por su honestidad profesional y compromiso con las comunidades menos favorecidas.


Desde hace ya varios años apareció en Internet un curioso mito urbano: La existencia de un supuesto "Día Mundial de la Educación Ambiental" a celebrarse el día 26 de enero.

Como en otros fenómenos de esta era de la reproducción digital, esta  idea bonita se hizo viral, y en muy pocos años una enorme cantidad de personas en diversos países dieron por hecho la existencia de esta conmemoración, sin importar que la misma hubiera nacido de algo cercano a la generación espontánea (*).

Un elemento interesante en este caso, es que a diferencia de otros mitos urbanos que desaparecen en poco tiempo, este persiste e incluso se expande. Este año parece que esta irradiación logró alcanzar un nuevo y asombroso nivel. En un correo me encuentro con que ya se está hablando en un alarde de creatividad hiperbólica de un "Mes de la Educación Ambiental".

Todavía me duelen los ojos cada vez que vuelvo a encontrarme en el correo esa fantasía exuberante nacida de quién sabe qué indigestión del “recorta y pega” de páginas de Internet construidas de la misma manera.

Pero la educación ambiental no necesita de celebraciones ni conmemoraciones, ni de tortas de cumpleaños. Ella nació en algún momento de los años 60 del siglo pasado como una respuesta social ante los desafíos de la carrera desbocada hacia un “progreso” ciego y sordo a todo lo que no fuese su propio crecimiento y sinrazones.

La idea de esta nueva educación fue acogida en todo el mundo con pasmosa unanimidad. En un plazo de pocos años, luego de ser planteada, en casi todos los países del mundo habían desde contenidos ambientales incorporados a los currículos educativos, hasta actividades educativas dirigidas a comunidades en todos los contextos y situaciones posibles.

Pero quizás más importante es que se convirtió en una necesidad y un derecho humano: Frecuentemente personas de todas las condiciones expresan su deseo de ser educados ambientalmente.

Pero qué es la educación ambiental. El que revise la literatura especializada encontrará que existen múltiples definiciones. Entre ellas, quizás una de las más populares fue propuesta por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en 1970. La misma indica que es un "proceso continuo en el cual los individuos y la colectividad toman conciencia de su medio y adquieren los valores, las competencias y la voluntad para hacerlos capaces de actuar en la resolución de los problemas actuales y futuros del medio ambiente."

Si tomamos esa definición como una guía para elaborar programas educativos nos encontramos ante el hecho de que tenemos que buscar medios de enseñanza que permitan lograr que personas adquieran valores, competencias y voluntad para actuar en la resolución de problemas, no solo actuales, sino futuros, y que este debe ser un proceso continuo a lo largo de la vida de las personas.

Este no es un propósito sencillo, ni trivial e implica la utilización de las mejores herramientas que la educación pueden suministrar para ir construyendo y reforzando la conciencia ambiental de toda la ciudadanía.

A lo largo de los más de cincuenta años desde que esta definición fue dada se han realizado esfuerzos importantes para desarrollar teorías y prácticas que permitan hacer cada vez más posibles estos ambiciosos propósitos.

Pero como toda acción humana ésta también tiene sus callejones oscuros.

Es ya habitual encontrar que lo que algunos llaman “educación ambiental” son unas actividades banales y sin sentido empaquetadas en un disfraz de supuestas buenas intenciones “ambientales”, algunas de ellas cercanas a la estafa educativa.

Puedo parecer excesivamente cáustico, pero con demasiada frecuencia me consigo con “actividades de reciclaje” que no solo no cuestionan la causa del problema del crecimiento de los desechos, ni generan verdaderas soluciones a este tema, sino que en un alarde de incoherencia propician el consumismo y generan nuevos desechos.

También algunas instituciones tienen el hábito de llamar educación ambiental a actividades meramente informativas, es decir charlas, que con frecuencia caen en los peores pecados de la educación: ser escasamente pertinentes y totalmente aburridas para los participantes.

En ambos casos  estamos muy lejanos a la adquisición de valores como pide el concepto.

A eso le tenemos que unir una educación ambiental escolar básicamente conceptual: “bancaria” la hubiera llamado el gran educador brasileño Paulo Freire. Si no me cree, vea el tratamiento que se le da al tema del cambio climático en el currículo de la educación primaria venezolana.
De nuevo estamos lejanos al logro de valores, competencias y voluntad para la resolución de  problemas ambientales.

Todo ello en el medio de una progresiva descalificación de la educación como proceso substantivo de cambio y mejoramiento de la sociedad, así como el desconocimiento de sus bases conceptuales como ciencia social.

Ese menoscabo de la educación no es nuevo, mencionando otra vez a Paulo Freire, este autor indicó que:

“Enseñar exige rigor metódico, investigación, respeto a los saberes de los educandos, crítica, estética y ética, la corporificación de las palabras en el ejemplo, reflexión crítica sobre la práctica, el reconocimiento y la asunción de la identidad cultural [...], humildad, tolerancia y lucha en defensa de los derechos de los educadores, alegría y esperanza, convicción de que el cambio es posible, curiosidad [...], seguridad, competencia profesional y generosidad [...]. Enseñar exige comprender que la educación es una forma de intervenir en el mundo (En “Pedagogía de la Autonomía” tomado de Wilches Chaux, 2006)

Quizás en lo que se refiere específicamente a la educación ambiental, este ataque se materializa en la destrucción de las instituciones que gestionan las políticas públicas en este campo. Hace un año fue en Venezuela, más reciente en México.

A los poderes asociados al “desarrollismo” no les gustan las personas con conciencia ambiental.

Pero la educación ambiental es algo más que otro campo educativo, es una aspiración de cambio de muchas personas, de todas aquellas que sienten que pueden y tienen el derecho de vivir en un ambiente sano, seguro y ecológicamente equilibrado, como lo expresa nuestra Constitución.

Y aún a pesar de que la educación ambiental ha sido tachada de “subversiva” o por el contrario de “innecesaria”, ha sobrevivido a todos esos ataques y resurgirá en cada momento en que alguna persona sienta que tenemos que hacer algo por superar nuestros gravísimos problemas ambientales.

En función de ello ¿De dónde saldrán las semillas que permita el resurgimiento de una educación ambiental verdaderamente transformadora de nuestra realidad?

La respuesta de esa pregunta no es fácil, pero hay claros indicios que las mismas están ya en terreno fértil.

La semana pasada tuve la oportunidad de ser testigo de la defensa de la Tesis Doctoral de Pablo Kaplún. Fue un privilegio y un placer oír la síntesis de un esfuerzo de muchas décadas dedicadas a explorar junto a comunidades en riesgo diversas maneras de superar sus problemas.

Pablo explicó las dificultades y complejidades de trabajar en contextos culturales que obstaculizan el cambio, dificultades políticas y enormes obstáculos logísticos. Pero a la vez mostró caminos posibles para superar todos esos problemas, y así lograr que las comunidades se conviertan en protagonistas reales de procesos de cambio que los favorecen de manera real y efectiva. Todo ello explicado con rigor académico, honestidad profesional y un enorme grado de compromiso social con las personas con las cuales Pablo y Geografía Viva han venido trabajando.

Al final, los presentes  entendimos que la educación ambiental bien planteada y realizada de manera permanente, es la única vacuna posible para esa forma de bloqueo que  lleva a algunas personas a considerar que los riesgos ante desastres socionaturales u otros problemas como la falta de agua, el cambio climático, son culpa de algún factor externo a sus vidas y no de sus (nuestras) acciones o de los graves errores de los que tienen funciones de gobierno.

Hay buena educación ambiental para rato mientras existan organizaciones como Geografía Viva y personas como Pablo Kaplún.



(*) Para una revisión de las búsquedas fallidas de un posible origen que fundamente la existencia de un Día de la Educación Ambiental vea:
“¿Día de la educación ambiental? 2. Investigaciones, venezolanismos, rendiciones, conversaciones y propuestas” http://forotuqueque.blogspot.com/2012/01/dia-de-la-educacion-ambiental-2.html 
“¿Día de la educación ambiental? efemérides fantasmas o los gatos amarrados” http://forotuqueque.blogspot.com/2012/01/dia-de-la-educacion-ambiental.html 
“¿Día de la Educación Ambiental?” http://forotuqueque.blogspot.com/2009/01/da-de-la-educacin-ambiental.html

11 ene. 2016

Volviendo del futuro ambiental






El siguiente artículo fue publicado en la Edición Aniversaria del Semanario Quinto Día aparecida el pasado 27 de noviembre. La misma recogió una serie de textos breves - y en tono positivo - sobre diversos temas los cuales buscaban responder a la solicitud de enviar "consejos a los gobernantes".

Ha pasado poco tiempo desde su publicación, pero ya algunos de los puntos tratados parece que se encaminan a un presente peor de lo esperado.



La película “Volver al Futuro II” de 1985 comienza con la aparición de un extravagante científico que dice venir del futuro y le pide al protagonista que le acompañe de regreso para tratar de evitar unos sucesos que aún están por ocurrir. La fecha objetivo: 21 de octubre de 2015.

Si contáramos con los medios para viajar, por ejemplo veinte años al futuro, ¿Cómo sería recordado el año 2015? Vamos a poner nuestra máquina del tiempo en marcha para investigar sobre lo que se vivió en ese momento.

Es casi seguro que cuando se revisen los principales sucesos ocurridos ese año, el mismo estará marcado por importantes acontecimientos ambientales. Ellos serán percibidos como hitos que definirían el futuro de nuestro planeta y nuestro país.

Iniciaríamos la cuenta en el mes de mayo con la publicación de la Encíclica Papal “Laudato Si´”. En ese documento el Papa Francisco hace un vehemente llamado  a la acción por la protección de nuestra “Casa Común”. Asimismo, critica el consumismo y la codicia y exhorta a lograr una acción colectiva para actuar contra el cambio climático.

Más adelante, en el mes de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas estaría aprobando el documento “Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”. El mismo contiene 17 objetivos y 169 metas dirigidos a orientar los esfuerzos de desarrollo global. Un elemento resaltante de estos Objetivos de Desarrollo es que los temas ambientales atraviesan toda la Agenda, por lo que la dimensión ambiental se convierte en uno de los ejes principales de este compromiso mundial.

Luego, a finales de año, en París se realizaría la  Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Cambio Climático de las Naciones Unidas. En ella se estaría alcanzando un nuevo acuerdo para regular la emisión de gases causantes del calentamiento global. Asimismo, esta Conferencia obtendría otro resultado importante: El compromiso voluntario de 146 países del mundo de disminuir según sus posibilidades la emisión de estos gases en sus territorios y procesos.

Quizás también se recuerde el año por un hecho adicional: El haber alcanzado un nuevo record en las temperaturas del planeta. Un dato que debería habernos recordado que caminábamos hacia un posible desastre ambiental.

Y en Venezuela ¿qué estaba ocurriendo en materia ambiental ese año?

Las noticias no serían buenas: Se había eliminado el Ministerio del Ambiente, uno de los organismos pioneros en políticas de gestión ambiental en el mundo. Más adelante en el año se crearía un nuevo ministerio llamado de Ecosocialismo y Aguas cambiando el foco de la gestión ambiental a la doctrina política del momento.

En paralelo, la situación ambiental del país sería preocupante: Un estudio indicaría que más del 39% de los hogares venezolanos no recibían agua de forma regular. A la vez que se multiplicaban las denuncias por la mala calidad del agua distribuida en las redes de acueductos. Asimismo, el resultado de un trabajo realizado en toda la Amazonía revelaría que Venezuela era el único país de la región donde la deforestación de sus bosques amazónicos estaba aumentando. La minería ilegal de oro en la Guayana seguiría con su secuela de devastación, contaminación, enfermedad y destrucción de las culturas indígenas. Surgirían nuevas amenazas sobre las Áreas Bajo Régimen de Administración Especial, incluyendo Parques Nacionales protectores de nuestra biodiversidad e importantes productores de agua y electricidad. Asimismo se multiplicarían las obras públicas realizadas sin respetar las normas constitucionales y legales de control ambiental. Ese año Venezuela no aportó ningún compromiso, ni mostró avances en materia de cambio climático. Y, sin agotar la lista, se mantendría un grave conflicto entre los funcionarios del extinto ministerio del ambiente y las autoridades del nuevo ministerio.

Afortunadamente no todo serían malas noticias: Diversas organizaciones, instituciones y personas estaban haciendo esfuerzos por mejorar la conciencia ambiental de la ciudadanía, establecían programas de reciclaje, apoyaban la conservación de la biodiversidad, promovían emprendimientos basados en los principios de la sustentabilidad, investigaban y articulaban el conocimiento científico en materia de cambio climático, entre otras acciones. Todo ello a pesar del entorno político y económico extremadamente difícil de ese momento.
Dado este panorama, cuáles podrían ser los consejos que esos viajeros en el tiempo podrían dar a nuestros gobernantes.

El primero, y quizás más importante, sería no perder la oportunidad que representan los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados por las Naciones Unidas. Ellos pueden actuar como lineamientos que orienten una Agenda Nacional encaminada a redefinir nuestro modelo de desarrollo. A la vez, a corto plazo, servirían para encauzar las acciones de los organismos venezolanos con competencias ambientales.

Esta oportunidad ha sido ya señalada por el Presidente de la República. El cual, al regresar de su participación en la Asamblea General de las Naciones Unidas, convocó “a todos los sectores del poder popular a conocer y estudiar los 17 Objetivos de Desarrollo Sustentable”. Asimismo, pidió la realización de un debate nacional sobre los mismos, así como incorporarlos al Plan de la Patria.

Este “debate para la acción”, como el mismo presidente lo definió, pudiera ser una oportunidad extraordinaria para lograr una alianza nacional amplia, inclusiva y abierta por un desarrollo justo, democrático y responsable de nuestra nación.

El debate debe hacerse sin sectarismo ni exclusiones, respetando el derecho de todos los ciudadanos a participar de manera protagónica y eficaz en la construcción de nuestro futuro como país.

Mientras esta discusión se realiza, es urgente que el Ministerio de Ecosocialismo y Aguas diseñe, revise o reactive acciones adecuadas para la solución de los problemas ambientales del país. Estos, al menos, deben incluir: el control de contaminantes y otras fuentes de daño ambiental, la protección efectiva de especies y ecosistemas, la gestión integral de cuencas y los planes de ordenamiento del territorio. Asimismo debe liderar el diseño de planes nacionales para la mitigación y adaptación al cambio climático, así como coordinar un programa nacional de educación ambiental sin apellidos partidistas.

También será necesario que la Asamblea Nacional se incorpore a esta acción. Se necesita promover leyes que le den piso legal a la lucha contra el cambio climático y revisar las normas ambientales que estén desfasadas o son ineficaces. Igualmente será preciso promover el uso de los presupuestos nacionales como herramienta para impulsar las prioridades que surjan de una Agenda Nacional Ambiental en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Los ciudadanos igualmente necesitamos activarnos y trabajar para defender nuestros derechos ambientales y de participación, así como promover acciones y procesos de articulación y diálogo y actuar como contralores de las acciones que se realicen.

El futuro de Venezuela puede ser promisorio para todos sí asumimos nuestro territorio y sus recursos naturales con conocimiento, responsabilidad y sensatez, pero también puede ser de mayores dificultades y limitaciones, especialmente para la población de menores recursos, si dilapidamos esta oportunidad.

No es necesario viajar en el tiempo para comprender estas opciones y actuar en consecuencia.



Mi agradecimiento a la periodista Leni Ramírez por la oportunidad y el apoyo en la redacción de este artículo.