Mostrando entradas con la etiqueta crisis ambiental. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crisis ambiental. Mostrar todas las entradas

22 abr 2019

Día de la Tierra 2019 o mejor dicho SOS a la tierra venezolana





Esta conmemoración del "Día de la Tierra" para un venezolano común puede resultar paradójica e incluso banal en el medio de la mayor crisis humanitaria que, según palabras de voceros de las Naciones Unidas, ha sido sufrida en el continente americano.

Aún peor si en Venezuela en algún momento el gobierno nacional habló de "Salvar la Tierra", pero el efecto parece ser el contrario: Destruir la Tierra. 

Esta paradoja nace de dos circunstancias simultáneas: La pérdida de la capacidad del Estado para cumplir con sus obligaciones legales en materia ambiental y la irrupción de un Estado depredador ambiental.

A ello le tenemos que agregar que esas situaciones ocurren en simultáneo con la crisis ambiental global. Ésta ejemplificada por el cambio climático, la crisis de extinción de la diversidad biológica y la contaminación como efecto global.

Producto de ese contexto, en Venezuela vivimos en el medio de la crisis ambiental más grande que se ha producido en el país al menos desde que somos un país independiente y hace que el tema ambiental forma parte de la crisis humanitaria compleja.

Lo que hace que este momento sea muy poco propicio para nuestro planeta y el futuro de la humanidad, pero principalmente para el futuro de los pobladores de este territorio que llamamos Venezuela.

Los temas del sufrimiento, pobreza, enfermedad, hambre y el desprecio

Nuestra crisis ambiental está marcada principalmente por cuatro grandes temas:

La crisis de agua. Se ha estimado que la negación a los derechos al acceso agua potable y al saneamiento esté afectando a un número cercano al 85% de los pobladores de Venezuela, un número que posiblemente sea aún mayor debido a la relación entre la crisis del Sistema Eléctrico Nacional y los sistemas de distribución de agua potable. Esta situación es causante de graves violaciones a la salud, al trabajo y la educación entre otros derechos. Los problemas derivados de la falta de acceso al agua están a su vez potenciados por la baja calidad de las aguas disponibles, llegando en muchos casos a ser un peligro grave para la salud de la población.

La contaminación por mercurio en las zonas mineras de Venezuela. Sobre esta situación no existe ningún estimado del número de posibles afectados pero posiblemente esté en la escala de las decenas de miles de personas. A pesar de ello, el Estado no está realizando ningún esfuerzo para controlar, impedir o mitigar la contaminación y mucho menos para atender a las personas afectadas.

La deforestación y degradación de hábitats. Este es un proceso creciente de los bosques tanto en la zona norte costera, como en la región de Guayana. Aunque este problema, no parece tener consecuencias obvias a corto plazo, genera graves efectos a mediano y largo plazo que afectarán derechos humanos de la población. Un ejemplo de ello es la relación entre la deforestación producto de la minería que actualmente se practica y el crecimiento exponencial de la tasa de morbilidad y mortalidad causada por la malaria, así mismo, la deforestación creciente de cuencas está poniendo en riesgo creciente el suministro de agua a largo plazo.

La denegación de información y de medios para la participación de los ciudadanos en temas ambientales. El gobierno ha impuesto una política de opacidad, cuando no de mentiras oficializadas en la mayor parte de los temas ambientales que afectan a la población. No sabemos cuándo tendremos agua y mucho menos su calidad. No sabemos si los alimentos son aptos para su consumo (esta situación se potencia con respecto a la mayor parte del pescado que se consume en la región de Guayana) No sabemos si existe alguna previsión que evite los riesgos y disminuya nuestras vulnerabilidades ante eventos como inundaciones, tormentas, sequías, incendios de vegetación y otros desastres socio-naturales. Por otra parte, el derecho a la participación fue sustituido en Venezuela por la obligación a ser parte de las mentiras y los actos ficticios.

Todos ellos combinados son causa de enfermedades, muerte y pobreza.

El futuro puede ser un largo proceso de cambios hacia ninguna parte (¿O hacia el infierno?)

Actualmente el gobierno reitera sus ejercicios de planificación ficticia en el medio del desastre. Así nos presenta una nueva dosis de fantasía ambiental con el “Plan de la Patria 2025” ahora mutado en el objetivo de “Contribuir con la preservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana”. Si no fuese por la crueldad de la situación que viven los ciudadanos venezolanos, como producto del deterioro ambiental generado por las políticas gubernamentales, este programa de gobierno podría ser un entretenido texto de literatura de ficción fantástica por el nivel de creatividad e imaginación fabulosa desplegado por los creadores del mismo.

Por el otro lado, estamos frente al riesgo de que en caso de una transición política hacia un nuevo modelo de gobierno, sus actores desconozcan la importancia de promover las condiciones para que se realice una gestión ambiental basada en los principios del desarrollo sostenible. Ese cambio, aún en el caso de que pueda tener algún tipo de éxito controlando las causas de la crisis económica y social que afectan a Venezuela, no tendrá la capacidad de generar una verdadera transformación que garantice a largo plazo el bienestar y dignidad de todos los habitantes del país.

De hecho, el futuro de Venezuela no dependerá tanto de la capacidad para estabilizar la crisis política o alcanzar una prosperidad económica, sino de temas como el acceso al agua, la conservación de ecosistemas y el cambio climático.

En este contexto qué podemos hacer como sociedad civil

La primera estrategia siempre será perseverar en la acción que está realizando cada organización. Necesitamos todas las manos, todas las acciones, todas las voces que ayuden a documentar, denunciar, divulgar, apoyar, educar y generar modelos de cambio positivo y responsable.

Igualmente será necesario seguir haciendo esfuerzos por hacer incidencia política para buscar influenciar sobre los actores políticos para que trabajen bajo los principios de una gestión ambiental basada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

En el contexto de la crisis humanitaria compleja debemos desarrollar capacidades para mantener un trabajo de apoyo y solidaridad con los grupos más afectados. Una parte importante del trabajo será promover en toda la ciudadanía capacidades y motivación (incluso valor) para seguir adelante en la defensa de sus derechos.

Asimismo, es urgente dejar de ser organizaciones islas y convertirnos en organizaciones que formen parte de un movimiento inspirador de esperanza y cambio posible a través de la realización conjunta de acciones que vayan construyendo fortaleza y resiliencia social.

Una estrategia final es conseguir una voz clara para hablarle al mundo del tamaño de la crisis venezolana y lo que está en juego como consecuencia de la misma. Este mensaje debe ser claro: O el mundo se une para apoyar el cambio en Venezuela o la crisis venezolana desestabilizará la región de manera muy grave.

¿Y qué puede hacer el ciudadano común?

Lo primero es aprender a que un ambiente sano, seguro y ecológicamente equilibrado no es una frase bonita para incluir en discursos y normas legales, es la expresión de nuestro derecho a la vida, a la salud y a todo el resto de nuestros derechos.

Asimismo debemos exigir a los políticos. A todos ellos. A cumplir con sus obligaciones en materia de conservación ambiental y protección de los derechos humanos ambientales de todos los ciudadanos, así como de la urgente necesidad de que todos los gobiernos, empresas, organizaciones y ciudadanos del mundo cooperen positivamente para frenar las causas de la destrucción ambiental global.

Finalmente, hágase parte. Es decir participe. Actúe junto con otros. Nuestro futuro en este planeta necesita de ciudadanos educados, informados y activados.

Sólo así honraremos y preservaremos nuestra casa común: La Tierra.

13 mar 2018

La naturaleza como enemigo público: Cuentos de la iguana insurrecta





Muchas culturas concibieron la naturaleza como un enemigo. El mundo natural estaba lleno de monstruos aterradores, fenómenos catastróficos, plagas y calamidades. Los humanos temían a su poder y no entendían sus designios ni reglas.

Era necesario protegerse: Por ello construyeron ciudades, murallas, culturas, dogmas y religiones que pusieron límites entre lo humano y lo natural.

Con el paso del tiempo, los humanos aprendimos, hasta cierto punto, a leer la naturaleza. Determinamos sus patrones y dedujimos sus leyes. Pudimos usar los lenguajes de la ciencia para representar y prever sus dinámicas. Describimos, mapeamos, analizamos y modelamos. Fuimos capaces, dentro de ciertos límites, de planificar y gestionar nuestro entorno, incluso de hacernos menos vulnerables  a sus momentos de furia.

Ciertos enfoques contemporáneos buscan avanzar aún más en la comprensión del mundo natural. Ellos parten de reconocer la conexión inseparable de la naturaleza con los humanos, así como de la necesidad de entender y respetar las dinámicas naturales y trabajar con ellas. Esta perspectiva permitiría avanzar hacia sociedades prósperas, sanas y equilibradas.

Pero ahora en Venezuela renacen los viejos temores e ignorancias. Ya toda lluvia es una catástrofe, toda sequía es destrucción, toda acción responsable es soslayada, ignorada, negada.

Incluso están siendo relegados los conocimientos tradicionales sobre las condiciones ambientales del territorio venezolano. Son olvidados neciamente los desastres previos y se vuelven a cometer los mismos errores. Las condiciones ambientales son forzadas hasta el colapso.

Ahora ministros sin vergüenza usan la naturaleza como excusa, como enemigo, como elemento subversivo y terrorista.

Venezuela tuvo hasta hace poco un excelente servicio eléctrico que cubría prácticamente el territorio nacional. El mismo fue construido sobre la base de la explotación de nuestras propias capacidades de producción hidroeléctrica.Como consecuencia de esa acción, el servicio de electricidad en gran parte del país era una condición dada por hecho, por lo que incluso se instauró una cultura del derroche energético.

Asimismo teníamos un servicio de distribución de agua que mejoraba continuamente. Esto a pesar de las dificultades de la topografía y la estacionalidad extrema. A éste se unió un Sistema Nacional de Áreas Protegidas que preservaban las principales cuencas productoras de agua. Gracias a ello, por décadas la mayor parte de las ciudades tuvieron servicio de agua permanente y los racionamientos eran eventuales y de corta duración.

Avanzábamos hacia un Sistema Nacional de Gestión de Riesgos que progresivamente iba estableciendo políticas de defensa civil y protección contra desastres socionaturales, aún insuficientes pero en mejora.

Pero ahora, las graves y continuas deficiencias en el sistema eléctrico son culpa de iguanas, rabipelados, lluvias, centellas, sequías o cualquier otro fenómeno natural común.

Igualmente el servicio de agua es un derecho negado. En todo el territorio nacional, pueblos, ciudades, sectores urbanos y zonas rurales tienen el suministro racionado, a veces hasta de manera cruel e inhumana. La culpa parece ser de sequías que no han afectado de igual manera a los países cercanos.

En este momento toda lluvia fuerte o período de sequía tiene efectos dramáticos. Una tormenta costera reciente, mostró como en toda la zona afectada los daños más graves habían ocurrido en instalaciones construidas, incluso por entes gubernamentales, dentro del espacio que por Ley debía ser protegido y libres de toda construcción.

Actualmente la escasa producción agrícola depende únicamente de la buena suerte y las oraciones de los productores para que la lluvia y los otros fenómenos naturales sean propicios.

Y como dicen “parió la abuela”. El cambio climático es un enorme monstruo que nos amenaza de manera tan cerca que ya sentimos su aliento en nuestros cuellos.

Ya no vale la pena hablar del número de altos cargos del gobierno que han vociferado que el país es ejemplo global de lucha contra el cambio climático. Eso a la vez que el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático previsto por la Ley de Gestión Integral de Riesgos Socionaturales y Tecnológicos tiene un retraso de casi nueve años y el Arco Minero del Orinoco es el proyecto de destrucción ambiental más grave que se ha planteado sobre esta tierra.

Es necesario reaccionar y resistir ante esa arremetida de ignorancia, perversión y demencia contra la base misma de los fundamentos ambientales de los cuales dependemos.

Reaccionar será tomar conciencia colectiva de a dónde nos lleva esta situación. Resistir es negarse a creer que este será un destino inevitable.

Es necesario como dice un amigo “pensar más duro” sobre lo que debemos hacer para prender la luz que haga retroceder a la oscuridad.

Es también comenzar a construir el futuro. No podremos salir del laberinto en que vivimos si no creemos que tiene salida y caminamos hacia ella. Quizás aún no las tiene. Posiblemente haya que construirlas, perforar un túnel que nos lleve afuera. Pero ello no será posible sin unión, solidaridad, coraje y trabajo duro.

Creo en eso. Nos iremos encontrando en el camino de la Venezuela sustentable.