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22 may 2014

¿Para qué sirve un parque urbano? Parte 2. Los parques urbanos y la educación para la conservación de la biodiversidad



¿Qué pasa cuando la gente no sabe la diferencia entre un chinche y un chipo?


La siguiente anécdota es real y la viví personalmente:

Sala de espera de un consultorio médico. Una señora comienza a protestar en voz alta porque supuestamente hay un chipo en la habitación. El resto de los pacientes mira a la señora con nerviosismo, pero ninguno hace el menor intento de corroborar lo que  dice. El bicho resultó ser una chinche de jardín, famosa por el olor desagradable que emite cuando es molestada, pero nada que ver con un vector del mal de Chagas. No hubo manera de  tranquilizar a la señora hasta que alguien sacó al insecto de la habitación.

Puedo contar un sinfín de cuentos similares que involucran mariposas nocturnas, escarabajos, arañas, chicharras, orugas, ranas  y otros animales, en su mayoría totalmente inofensivos, frente a los cuales muchas personas tuvieron reacciones de miedo e incluso de pánico.

También he vivido situaciones en las cuales la respuesta de las personas involucradas fue de ignorancia, rechazo o repugnancia. O, por otra parte, ver a personajes manipulando de manera imprudente organismos vivos que eran un riesgo para su seguridad o las de otras personas.

La ciudad como territorio del olvido

En todos estos casos, el problema parece estar en el analfabetismo ambiental de la mayor parte de la población humana que habita en las ciudades actuales. Es decir, en el desconocimiento total o parcial sobre las especies biológicas presentes en el entorno de muchas personas, así como de las conexiones que nos ligan a ellas.

En regiones donde todavía existen ambientes naturales la mayor parte de las personas que allí viven tienen muchos conocimientos sobre los organismos que los rodean. Ellos deben aprender cuáles animales son peligrosos y como defenderse de ellos; deben conocer la disponibilidad de frutos y animales que se usan como alimento, así como de materias primas y plantas medicinales. Estos saberes son transmitidos entre generaciones mediante la práctica diaria y a través del contacto directo con la biodiversidad.

Por el contrario, esta información tiene poca importancia en ambientes urbanos, por lo que no se propician formas de contactar o aprender sobre las especies silvestres y  la naturaleza misma.

En ausencia de experiencias reales, los conocimientos sobre la biodiversidad son transmitidos por la educación escolar de forma teórica, descontextualizada y desconectada de las experiencias reales o a través de la televisión y otros medios de comunicación, los cuales tienden a referirse a zonas o países lejanos, crea fantasías, mitos e inexactitudes sobre los animales silvestres y la naturaleza en general y promueve la desconexión  de las experiencias reales.

Es por ello, que en muchas ciudades actuales, muchos niños nunca han tomado una fruta de un árbol, no conocen las aves o insectos locales, ni saben usar materiales naturales para construir juguetes. Este proceso ha sido llamado “extinción de la experiencia natural”.

¿Y para qué sirve saber la diferencia entre un chinche y un chipo?

El ambiente más común para un caraqueño, barquisimetano o cumanés es una avenida llena de carros o un centro comercial y no un bosque, un espinar o un manglar. Por ello, parece más importante aprender de como sortear el tránsito o cuidarse de los delincuentes que hacerlo sobre especies que aparentemente no tienen ninguna influencia sobre nuestras vidas.

 Entonces, qué puede tener de malo sufrir de un poco de analfabetismo biológico. Veamos rápidamente lo que nos estamos perdiendo:

Desaprovechamos oportunidades
La biodiversidad incluye grandes cantidades de recursos los cuales han sido aprovechados por todas las generaciones, aunque no siempre de manera responsable,  han servido para sustentar la vida y la prosperidad de los humanos. Esta conexión se ha venido rompiendo por el crecimiento urbano, la destrucción de los ecosistemas y la economía globalizada. A pesar de ello, el aprovechamiento de la biodiversidad aún ofrece grandes oportunidades para apoyar la construcción de sociedades sustentables.

Un ejemplo común en este sentido, es el aprovechamiento de frutos y otros productos biológicos de origen local, los cuales presentan mejores propiedades nutricionales que muchos de los exóticos o importados. La mayoría de ellos están mejor adaptados a  las condiciones ambientales, son más fáciles de cultivar, su producción y comercialización local es más sustentable y su uso fortalece nuestra identidad cultural.

Nos hacemos más vulnerables
Los habitantes en las zonas recién urbanizadas entran en contacto con animales  y plantas que pueden representar riesgos importantes para su salud y seguridad. Con mucha frecuencia estas personas no tienen los conocimientos, ni habilidades para reconocerlos y protegerse adecuadamente.

Igualmente, las nuevas generaciones desconocen la importancia de muchos ecosistemas naturales en la mitigación de catástrofes tales como inundaciones, derrumbes, tormentas, etc. así como el enorme valor de los bosques urbanos para amortiguar los extremos de temperaturas y disminuir la contaminación del aire.

Somos menos humanos
El biólogo Edward O. Wilson concluyó que el contacto con la naturaleza es esencial para el desarrollo psicológico humano. A esta idea la llamó la “hipótesis de la biofilia”. A partir de ella se han desarrollado trabajos que demuestran que comunidades urbanas con presencia de zonas verdes tienen menores tasas de delincuencia, así como de enfermedades psicológicas como la angustia y la depresión. Igualmente el contacto con organismos vivos ayuda a mejorar a pacientes con autismo, trastorno por déficit de atención con hiperactividad y otras patologías.

Por el contrario, personas, particularmente niños, sin contacto con la naturaleza son más propensos a la obesidad, tienen menor capacidad física, aptitud respiratoria y cardíaca, así como problemas emocionales y de comportamiento. Estas condiciones han sido englobadas en el concepto de “trastornos por déficit de naturaleza”.

Asimismo, la naturaleza es fuente de disfrute, goce estético y tiene conexiones profundas con nuestra identidad cultural, por ello la desconexión con la naturaleza nos lleva a la sensación de vacío existencial y la falta de conexión con la vida.

Olvidamos a la naturaleza
Un último efecto degradante de la falta de contacto con la naturaleza es la creciente apatía y falta de compromiso con la naturaleza y cualquier tema ambiental.

El escritor estadounidense Robert Michael Pyle escribió una frase al respecto: “Sólo la gente que le importa algo lo conserva, la gente que no conoce no le importa ¿Qué significa para un niño la extinción de un cóndor si nunca ha visto un pajarito?

Igualmente, Baba Dioum, un conservacionista y poeta senegalés dijo: “Al final, sólo conservamos lo que amamos, amamos lo que conocemos, conocemos lo que se nos ha enseñado”.

Parques para la vida

Revertir estas situaciones es posible y necesario, pero exige esfuerzos importantes educativos y participativos de toda la sociedad y las instituciones relacionadas con la gestión ambiental y la educación. Pero en el centro de esos esfuerzos deberá estar crear las oportunidades para que las personas de las ciudades en particular los niños de las ciudades, tengan las posibilidades de tener experiencias de contacto con la naturaleza y los seres vivos. Por ello los parques urbanos tienen que ser espacios para el aprendizaje y la reconciliación entre las personas y la naturaleza y no únicamente como lugares para la recreación.

Cuando pienso en parques no sólo me viene a la cabeza la idea de áreas verdes de uso público, sino también incluyo avenidas arboladas, jardines (públicos y privados) huertos urbanos, plazas, techos verdes, zonas verdes municipales, parques portátiles y cualquier otro espacio que podamos llenar de verde y robarle espacio al concreto y el pavimento.

Me gusta soñar con la posibilidad de llenar a Caracas de parques. No unos pocos por no dejar. Si no devolverle el verde a la ciudad. No solamente grandes parques para mucha gente, en pocos sitios, sino parques medianos y pequeños en todas partes, parques conectados y diversos, parques para la gente en todas sus expresiones y en particular romper con la injusticia actual de la ausencia de parques en las zonas populares.

Pero queda claro que no habrá biodiversidad sin educación para la biodiversidad y es en los parques públicos es donde debemos generar acciones para aprender y re-conectar a las personas con la naturaleza y enseñar (y aprender) sobre la naturaleza y el disfrute respetuoso de la misma en contacto directo con la misma.

La educación para la conservación de la biodiversidad en las ciudades no es un tema meramente bonito y accesorio, es la oportunidad que tenemos para ayudar a desarrollar ciudades sustentables en las que habitan comunidades y personas con capacidad para construir un mundo con un futuro promisorio para todos.


Fotograma de la película Wall-e


27 may 2013

¿Para qué sirve un parque urbano? Parte 1. Los parques y el desarrollo humano



Acaba de pasar el “Día del Árbol”, la fecha ambiental más antigua de Venezuela, con su colección de pequeñas actividades con las cuales escondemos que somos uno de los países con mayor tasa de deforestación en América Latina (1)

Esta destrucción no sólo está ocurriendo en las áreas naturales, sino también hacia el interior de nuestras ciudades, en las cuales sus áreas verdes se van reduciendo a un mínimo testimonial.
Algunas personas consideran que este problema es una preocupación menor frente a los graves problemas sociales que sufre la población.

Vale entonces preguntarse ¿es realmente importante mantener y  proteger espacios  arbolados en las ciudades?

En este texto quiero presentar algunas razones que pueden justificar que los ciudadanos exijamos a los gobiernos locales que no sólo mantengan los parques urbanos, sino que desarrollen políticas efectivas para incrementar las áreas verdes en cada una de las zonas de la ciudad. En una segunda entrega hablaré de las consecuencias individuales, sociales y culturales del empobrecimiento biológico de las ciudades, principalmente sobre los niños.

El tránsito de los niños libres – a los niños enjaulados

"Nuestros niños son parte de un vasto experimento –  al ser la primera generación que se está criando sin tener contacto significativo con el mundo natural" Bill McKibben.

Mi niñez estuvo ligada a zonas verdes urbanas y libros. En el centro de ese recuerdo están muchos patios, jardines, plazas, parques y mucho terreno sin construir donde la vegetación y los niños crecíamos de forma silvestre.

Durante ese período de mi vida, me subí a árboles, fui picado por avispas, recogí piedras interesantes, observé la actividad de las hormigas, exploré la vida dentro de un charco, capturé una pequeña serpiente, encontré huevos de lagartijos, me escondí en un bosque, corrí “perseguido” por un murciélago enorme, comí frutas caídas de un árbol, ensayé probar cosas que no debía (jamás muerdan una hoja de malanga) y muchísimas cosas más. Todo eso dentro de los límites de una ciudad.

No se cómo influenciaron esas experiencias en mí, o si ellas me llevaron a ser lo que ahora soy: un educador ambiental y ambientalista. Pero en cualquier caso me llevaron a desear que muchos niños tuvieran la misma oportunidad de contactar con la naturaleza de manera directa y espontánea. Pero para ello se necesitan muchos parques, muchas plazas, muchos árboles.

En los últimos años, los parques urbanos no han corrido con mucha suerte en nuestras ciudades venezolanas: La mayoría sufre de diferentes grados de desidia o abandono. A ello se une que muchos de ellos han sufrido vandalismo, invasiones, mutilación  e incluso de eliminación con fines presuntamente “sociales”. Por su parte, las aceras no han tenido mejor suerte y se han convertido en largos cementerios de lo que alguna vez fueron calles arboladas.

Barriada popular en Caracas. Imagen de Google Earth
Caracas, la ciudad que alguna vez fue famosa por sus brillantes colores naturales, al ser transformada para albergar a más personas se hace cada día más gris, más rígida, más hostil, paradójicamente más inhumana.

Sin parques, ni otras áreas verdes, muchos de sus  niños ahora sólo viven en el mundo virtual de las tres pantallas: el televisor, el juego de video y la computadora. Habitando en espacios cada vez más artificializados, enclaustrados y restrictivos. Son niños enjaulados. Niños sin árboles.

¿Qué son esas manchitas verdes que se ven en el mapa de esa ciudad? ¿Serán tierras ociosas?

“… siempre ha habido una ambigüedad con respecto a la vegetación urbana… ya que por un lado se propicia la construcción de edificaciones, autopistas, estacionamientos y otros locales, todo eso en detrimento de la vegetación, y por otra se controla la misma cercándola y limitándola” Giovanna Merola

Desde hace muchos años, fueron reconocidos los enormes beneficios ambientales, sociales y estéticos del arbolado en las ciudades. Esta afirmación está basada en un extenso cuerpo de investigación científica realizada a lo largo de todo el mundo. Vamos a revisar algunos de estos  beneficios y los trabajos que los apoyan:

Las zonas arboladas urbanas ayudan a disminuir la temperatura local, mitigan el ruido, absorben  contaminantes, así como controlan la radiación solar y el viento  (2, 3)

Asimismo, ayudan a disminuir el consumo de energía en edificaciones,  mejoran el entorno social, protegen los suelos, promueven formas de vida sanas, la participación comunitaria y el encuentro social (4)

También es bien conocido que las áreas verdes urbanas generan beneficios sobre la salud psicológica y emocional de las personas y en particular pueden promover un desarrollo más sano en los niños (5, 6) Por ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que toda ciudad disponga de al menos 9 m2 de área verde por persona. En Caracas sólo se llega a los 1,5 m2 de área verde por habitante (7) No tengo datos de cómo está la situación en otras ciudades venezolanas.

Por otra parte, la vegetación es un elemento integral del diseño arquitectónico y urbanístico, al integrar los elementos construidos con el entorno natural. En Venezuela este enfoque arquitectónico fue llevado a su máxima expresión por Carlos Raúl Villanueva en el diseño de la Ciudad Universitaria de Caracas. En esta obra, Patrimonio de la Humanidad, este genial arquitecto logró una extraordinaria armonía de las formas arquitectónicas “…con la luz, con la vegetación, con el entorno; este entorno que pasa a ser parte del mismo espacio, en una fusión externo-interno que está presente en todos los edificios del conjunto universitario " (8).

Más recientemente, se han desarrollado una serie de nuevos enfoques que agregan aún más valor a las zonas verdes urbanas. Algunos de ellos son los siguientes:

Las áreas verdes como expresión de la biodiversidad urbana, se consideran ahora fundamentales para generar ecosistemas urbanos sanos y seguros. Por ello, representan elementos claves en las estrategias para el desarrollo humano sustentable, la defensa del hábitat humano en particular de las zonas populares, la protección contra los riesgos de desastres socio-naturales y la lucha contra el cambio climático (9).

Igualmente, existe evidencia que sugiere que el contacto adecuado con la naturaleza y el desarrollo de actividades al aire libre, pueden ser formas de terapia importante en casos de trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) e incluso tener beneficios en el tratamiento con niños autistas (10, 11).

Un área de estudio reciente y muy importante está relacionada con la gestión del hábitat popular. Investigaciones sugieren la posibilidad de que los espacios arbolados en comunidades pobres pueden inhibir la delincuencia y generar zonas más seguras para las familias y los niños (12). Igualmente la gestión de estas zonas verdes puede promover la participación, la inclusión y el sentido de pertenencia (13, 14) Asimismo, es claro que la ausencia de zonas verdes en zonas populares es un claro reflejo de inequidad e injusticia ambiental.

Todo este cuerpo de evidencia parece decirnos de manera muy clara que las áreas verdes urbanas cumplen un rol muy importante para cualquier estrategia de desarrollo humano de las ciudades. Por esas razones muchas ciudades del mundo han incluido en su planificación urbana el aumento del área de parques y otras zonas arboladas dentro de las ciudades, con énfasis en zonas populares.

Claro, hay personas que ignoran o no creen en ninguno de estos trabajos y afirman que el problema es sólo de “oxigenación” y que en el caso de Caracas con el Parque Nacional Warairarepano es suficiente (15)

En relación con esta peregrina explicación, podemos pensar en ignorancia o mala intención, pero quizás también podemos imaginar que esas personas, en su niñez, nunca se subieron a un árbol.


A los demás nos toca seguir trabajando por lograr el sueño de una ciudad llena de árboles fructificados de aves y niños.