12 oct. 2016

¿Resistencia indígena?



Indígenas pemones protestando en la
pista aérea en la Gran Sabana

Sí. La que están realizando los pueblos indígenas de Guayana contra el horror de la minería ilegal, con su carga de contaminación, enfermedad, destrucción y explotación humana, y asimismo contra el peligro creciente del arco minero del Orinoco que es la peor amenaza contra su propia existencia como pueblos y como cultura.

Resistencia, la de los pueblos de la Sierra de Perijá contra las minas de carbón, la codicia criminal de los ganaderos y la de la narcoguerrilla. La de los pueblos de Amazonas contra la minería ilegal y la invasión de sus territorios por parte de la guerrilla colombiana. La del pueblo wayuu contra el permanente estado de ocupación militar de todo su territorio, contra el hambre y la indiferencia. La del pueblo warao contra la miseria y el abandono.

Resistencia es la de todos los pueblos indígenas por el reconocimiento de sus derechos constitucionales hoy pisoteados, contra la pobreza, la enfermedad, la violencia y la destrucción de sus culturas.

Si, más que nunca los indígenas de Venezuela están en una lucha por su supervivencia. Es un día importante para recordar eso.

El tema de hoy no es la invasión que ocurrió hace 500 años, sino la resistencia contra la destrucción masiva de su derecho a la existencia y a decidir sobre su vida de manera autónoma. Es al final también una lucha por la dignidad, la libertad y la justicia, es decir por la democracia. Y esa es la lucha de todos, por ello la resistencia indígena es también nuestra lucha por nuestro país, es nuestra resistencia.


Una versión prelimimar de este escrito lo publiqué en mi cuenta de Facebook

5 oct. 2016

Dudamel in the jungle



Imagen del fondo (detrás de Dudamel) "La Jungla" Wilfredo Lam 1943


Recientemente, el director de orquesta Gustavo Dudamel en un polémico discurso realizado en la Casa Blanca de los Estados Unidos, narró que su mentor, el maestro José Antonio Abreu, dijo “que el peor crimen cometido en el mundo moderno ha sido quitar a los niños el acceso a la belleza y a la inspiración”.

No estoy para nada seguro que esa afirmación sea del todo cierta. Así que me toca el difícil trance de rebatir o al menos polemizar con un maestro mundialmente respetado.

La idea atribuida al Maestro Abreu presupone que los niños de algún tiempo pasado tuvieron mayor acceso a la belleza y a la inspiración que los niños de hoy en día ¿Es esto cierto?

Asimismo, habría que preguntarse: cuantos niños, cuáles de ellos, o en qué partes del mundo tuvieron, en algún pasado, la posibilidad de disfrutar de esos dones.

Estoy seguro que en muchísimos lugares y situaciones la mayor parte de los niños, jóvenes e inclusive adultos, en tiempos anteriores a la actualidad no tuvieron esa posibilidad. Que los que tenían aptitudes artísticas tuvieron que luchar de manera muy dura contra los prejuicios, las presiones sociales e incluso en algunos casos contra la violencia para lograr expresar su sensibilidad y creatividad, incluso simplemente para tener acceso al disfrute del arte y la cultura.

No es que las cosas en esta época estén como para montar una fiesta. Pero estoy seguro que en este momento muchos más niños y jóvenes tienen acceso a información y vivencias artísticas que lo que jamás tuvieron sus antecesores. Que además, hemos logrado un nivel de respeto por nuestros hijos suficientemente alto como para que en muchos casos alentemos y no cercenemos sus intenciones de hacer o disfrutar del arte y la creatividad.

Pero por otra parte, si estoy seguro, y eso si es posible de demostrar, que se está cometiendo a escala global un verdadero crimen contra nuestros niños: despojar a la gran mayoría de ellos de tener contacto e interacción real con la naturaleza.

Sufrimos un déficit de naturaleza.

A medida que la población del mundo se hace cada vez más urbana, disminuye de manera dramática la posibilidad de que la población que vive en las ciudades, y principalmente los niños, tengan experiencias de primera mano con elementos de la naturaleza: sean animales silvestres, plantas u otros fenómenos de la naturaleza.

Sólo, a manera de ejemplo, piensen cuantos de los chicos de hoy en día tienen la posibilidad de subirse a un árbol para comerse una fruta arrancada directamente de sus ramas.

Y esa situación parece estar teniendo consecuencias nocivas en los habitantes de las ciudades, y principalmente en los miembros más jóvenes de la sociedad.

Un importante número de médicos, psicólogos y educadores en todo el mundo están asociando padecimientos cada vez más comunes en las grandes ciudades, tales como: la depresión juvenil e infantil, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la apatía juvenil, así como problemas emocionales, físicos y de comportamiento, con este “déficit de naturaleza”.

Incluso, algunos estudios han correlacionado el aumento de la criminalidad en zonas urbanas con la disminución de áreas verdes en los mismos.

Como consecuencia posible de esta situación, nuestros niños responden sumergiéndose cada vez más en los paraísos y placeres virtuales del mundo digital y la narcodependencia, así como en el vacío existencial y la falta de conexión con la vida que lleva a la violencia.

La solución a este problema es fácil y a la vez difícil. 

Se necesita reverdecer nuestras ciudades. Llenarlas de parques, jardines, calles arboladas.

También hay que reverdecer la educación y sacarla de las aulas y volver a mirar y admirar la naturaleza como lo hicieron muchos educadores venezolanos en los años 50, 60 y 70 del siglo pasado.

Pero también hay que aprender a vivir y convivir en armonía y paz con nuestro ambiente. Para ello hay que reconsiderar nuestros patrones actuales de vida que nos convierte en los robots alienados y altamente vulnerables que somos los habitantes de los entornos cada vez más artificiales de nuestras ciudades

Más aún, si queremos enfrentar el cambio climático debemos evolucionar hacia un nuevo paradigma ambiental a partir de ciudades y personas abiertas a la naturaleza.

Pero esas soluciones, muchas de ellas sencillas, enfrentan una gran cantidad de enemigos que hacen el camino difícil.

Estos personajes, muchos de ellos ecofóbicos, incluyen al funcionario público que dice: “primero hay que resolver los problemas sociales”, como si la mejora de la calidad de vida y la salud ambiental no fuesen temas sociales. Les siguen los que miran la tierra sólo en términos de metros de construcción y kilómetros de pavimento, luego los adoradores del dios-carro, y los gobernantes que nos prefieren encerrados en nuestras casas, entre otros (no sé por qué cuando nombro esta gente me viene a la cabeza el nombre de un exministro).

Y allí no queda la cosa. Actualmente vivimos bajo amenazas mayores. Sobre nuestro país pareciera que ya marchan triunfantes los socios ambientales de los cuatro jinetes del Apocalipsis: "Destrucción", "Contaminación", "Extinción" y "Sed". Todos ellos listos para su Armagedón sobre los campos de Guayana en el llamado Arco Minero del Orinoco.

Al final, quizás necesitemos de un Dudamel que pregunte, no sobre si Venezuela podrá salvar su Sistema de Orquestas, que estoy seguro que sí, sino que interpele al país, su gobierno, políticos y sus ciudadanos si Venezuela podrá salvar a su naturaleza, para salvar a su gente.